¿Cómo preservar lo que se extingue? Antropoceno e intangibilidad
Anfibia
Por Gisela Heffes / ilustración Florencia Merlos
¿Cómo capturar la escala planetaria del Antropoceno? Huracanes, sequías, inundaciones, la pérdida de diversidad humana y no humana son algunas de las múltiples marcas que va dejando el colapso ecológico. En este proceso que abarca sociedades enteras, las historias personales se tejen con las ruinas que deja a su paso. Gisela Heffes propone en este ensayo apelar a la imaginación como forma de resistencia, no para vislumbrar lo que se extingue, sino para retener lo que aún está: construir un futuro hecho de los retazos de este presente.
El horror pluvial cedió, dando paso a una realidad material diferente.
¿Pero, por qué prestarle atención a estos detritos cuando el Antropoceno invita a un pensamiento de escala planetaria, que atraviese temporalidades, eras y capas geológicas? La intangibilidad del Antropoceno, lo que no se puede tocar porque carece de materia o cuerpo, se corporiza en estos artefactos residuales y, como sugiere Neil MacGregor en A History of the World in 100 (2010), sirven para narrar una historia que habla tanto de sociedades enteras como de procesos complejos, más que de eventos individuales. Son historias personales que se tejen con las ruinas que va dejando el Antropoceno a su paso.
Lingüicidio
El segundo ejemplo está centrado en la disputa y gira en torno a la apropiación del manantial de agua en la comunidad Ayutla Mixe en Oaxaca. La acción se remonta a la mañana del 5 de junio de 2017, cuando un grupo de paramilitares armados atacó en la zona de El Manantial a comuneros de San Pedro y San Pablo Ayutla. Durante el ataque, un hombre murió, seis más resultaron heridos y cuatro mujeres fueron secuestradas. Según las noticias, varios de los atacantes eran comuneros de Tierra Blanca, Tamazulapam, los mismos que habían despojado el 18 de mayo a 23 personas de Ayutla de 150 hectáreas de parcelas colindantes con El Manantial, con retroexcavadoras, volteos y armamento pesado.
En una recopilación publicada muy recientemente, El lugar del agua. Palabras para Ayutla, los editores, Saúl Hernández Vargas y Juan Pablo Ruiz Núñez, señalan cómo, “tras la Revolución Mexicana, el Estado resultante impulsó un violento proceso desindigenizador por medio de la castellanización forzada, vía el sistema de educación pública —la lengua nacional como emblema—, y la cultura única como paradigma del gobierno posrevolucionario en todo el país”. Pero en los años siguientes, sostienen, se fueron sumando otros proyectos e iniciativas “que implicaron tanto el despojo de territorios como la devastación ambiental en nombre de la patria, la modernidad, el progreso”. En efecto, impulsados por el Estado o protegidos por éste, en tanto “garante” de los intereses del capital privado, estos planes de despojo se fueron reproduciendo con ––y sucediendo en–– el tiempo. No es coincidencia, por lo tanto, que estos fenómenos se correspondan con otras formas de palpar el Antropoceno: cambios irreversibles como la pérdida y desertificación de grandes extensiones de tierras agrícolas que dan, y seguirán dando, lugar a las “guerras climáticas”.
Según Harald Welzer y Jared Diamond un número importante de conflictos y guerras a lo largo de la historia estuvieron vinculados al cambio climático, desde sequías, desertización e inundaciones, hasta la sobreexplotación de recursos. Más aún, la amenaza del calentamiento global irá, gradualmente, configurando las políticas y regulaciones inmigratorias ya que, conforme el sur global continúe siendo explotado y vaciado de sus recursos, se incrementará el número de migrantes climáticos o refugiados ambientales que buscarán asilo en el norte global.
La lingüista Yásnaya Elena Aguilar Gil, en un texto breve, escrito en mixe, y que leyó el 26 de febrero de 2019 en la Cámara de Diputados, vincula esta forma de expropiación territorial y de usurpación de recursos naturales con el genocidio lingüístico sufrido por los pueblos indígenas en México. El texto parte de una pregunta simple: ¿Por qué se están muriendo las lenguas? Si en el presente se hablan aproximadamente seis mil lenguas en el mundo, en promedio cada tres meses muere una lengua y, según la UNESCO “en cien años se habrán extinguido al menos la mitad de las lenguas del planeta”. Según Yásnaya Aguilar “Nunca en la historia […] habían muerto tantas lenguas”. Y ¿por qué “ahora”? Las divisiones territoriales, junto al establecimiento de fronteras y una homogeneidad internas, la constitución de los estados nacionales con una lengua única, esto es, la lengua nacional, transformó las lenguas indígenas en minoritarias: “¿Cómo lograron minorizarlas? ¿O es que de pronto decidimos abandonar nuestras lenguas? […] Para lograr la desaparición de nuestras lenguas, nuestros antepasados recibieron golpes, regaños y discriminación […] ‘Tu lengua no vale’, les dijeron repetidamente”.
La relación entre tierra y lengua, decisiva para pueblos indígenas como el mixe, es garantía de continuidad familiar y comunitaria. Despojarlos de sus tierras no es meramente un terricidio sino, igualmente, un linguicidio. Esa lenta extinción que no se puede palpar, es intangible, se manifiesta en la pérdida de diversidad; en el cercenamiento cultural que funciona como correlato del cercenamiento de la naturaleza. Con la extinción de lenguas vernáculas se pierde, a su vez, una visión del mundo única, irrecuperable, que se fue cultivando a lo largo de los años, como sugiere David Harrison, co-fundador de Living Tongues Institute for Endangered Languages. Otra extinción eludible. Como las del guacamayo de Spix, el Kamao o el Delfín Baiji, entre otros mamíferos, aves y reptiles, que desaparecieron gracias a la deforestación, la sobrepesca, la caza (legal e ilegal), el deterioro del hábitat natural y la introducción de especies invasoras. Extinciones antropogénicas porque, como concluye Yasnana Aguilar, “Nuestras lenguas no se mueren, las matan. A nuestras lenguas también las matan cuando no se respetan nuestros territorios, cuando los venden y concesionan, cuando asesinan a quienes los defienden”. Reproducido en El lugar del agua, este texto se suma a otros proyectos colectivos y ciudadanos para amplificar las demandas del pueblo de San Pedro y San Pablo Ayutla que lucha (aún) por recuperar su manantial.
Retazos del presente
¿Cómo capturar la escala planetaria y las huellas que va dejando el Antropoceno tanto en el espacio como en el tiempo? Las marcas que se alojan en la tierra son a su vez huellas tangibles que cuestionan la incorporeidad del colapso ecológico. Son “paisajes residuales”, según los definió el fotógrafo canadiense Edward Burtynsky. Vestigios que organizan nódulos visuales, lingüísticos o hápticos de maneras no lineal. Constelaciones que se disparan en direcciones múltiples. Si el Antropoceno es una fuerza irreversible, un fenómeno ubicuo e imposible de aprehender dado que ocurre de forma sincrónica en una pluralidad de espacios y latitudes, involucra, asimismo, especies humanas y no humanas, cuerpos orgánicos e inorgánicos.
¿Es posible frenar la incesante violación a territorios y hábitats que protegen humanos y no humanos, las expropiaciones de tierras y recursos, las desapariciones de activistas ambientales, mártires, como los llamó Rob Nixon? ¿Es posible abandonar una economía basada en la combustión del carbón que, como bien sabemos, es una de las mayores causas de la contaminación atmosférica? Si la inminente extinción masiva amenaza eliminar al menos la mitad de las especies vivientes en el planeta, ¿cómo organizar nuestros anhelos por preservar lo que se escurre? Organismos microscópicos que restauran el suelo y que, si bien intangibles, proveen una labor fundamental para los ciclos de restauración, nutrición y recomposición de la tierra. Ensamblajes de organismos humanos y no humanos que se deshacen, se desintegran y evaporan para regresar luego bajo nuevas y sorprendentes modalidades.
Propongo, como forma de resistir la sobrecogedora presencia del Antropoceno, su intangibilidad amenazante, apelar a la imaginación, no para vislumbrar lo que se extingue, sino para retener lo que aún está. Lo que queda. Concebir un futuro hecho de los retazos que van quedando de este presente. Imaginar, desacatar, e interrumpir el flujo voraz del capitalismo extractivo. Visualizar un planeta que no se extingue, sin terricidios ni lingüicidios, sin especidios ni ecocidios, sin expropiaciones territoriales e inequidad ecológica. Erigir un planeta sin temor a lo intangible: a lo que nos rodea, nos define y determina, pero no somos capaces de asir.
En la contingencia del presente descansa la potencialidad de lo inminente.
*Este texto está basado en la conferencia magistral ofrecida en la 5ta Conferencia de Escuelas de Posgrado de Chicago sobre Estudios Hispánicos, Luso-brasileños y Latinxs, Naturaleza en cautiverio o veredas hacia la libertad (abril 15, 2021).







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