El Agrónomo: una película que se le planta al agronegocio
(APe).- Martín Turnes tiene bien en claro por qué lo primero que hace un gobierno de intensa construcción autoritaria es atacar al cine, entre otras herramientas de la cultura. Desfinanciar el INCAA, por ejemplo, es amputar el impulso de películas como El agrónomo, su ópera prima. Un filme de ficción, de apenas una hora diez, que comenzó en abril a remar pesadamente en esta libertad maravillosa que Martín asumió en tiempos en que la libertad pasó a ser apenas un bien de mercado.
La película, que transcurre desde la mirada justamente de un ingeniero agrónomo, pone en cuestión el modelo de producción argentino, consolidado brutalmente desde hace treinta años y sostenido por la pulverización sistemática de millones de personas con agrotóxicos de conocida peligrosidad para la vida.
El agrónomo aparece en el hilo del relato como el sostén de la aplicación de un sistema que ha tenido en su historia, justamente, pilares institucionales como la universidad y parte constitutiva de la ciencia.
Una cotidianidad que empieza a quebrarse cuando su hija adolescente se acerca a un grupo de free style que funciona en el centro cultural donde los chicos rapean su resistencia al envenenamiento de esa parcelita de tierra donde les tocó vivir. Una de las pibas, amiga de la hija del agrónomo, está enferma. La medicina de un hospital donde nadie es ajeno al poder del que vive el pueblo no va a firmar un certificado donde admita el origen de su padecimiento. Pero todos lo saben. Y van a mirar hacia el agrónomo con ojos acusatorios. Incluida su hija.
El agrónomo relata una historia. Que puede insertarse en decenas, centenares de pueblos fumigados del país. En Lavalle y Mburucuyá, Corrientes, en San Salvador y Basavilbaso, Entre Ríos, en Pergamino y Baradero, Buenos Aires, en Bovril y Sastre, Santa Fe. Donde la resistencia arranca desde la enfermedad, desde el horror como descubrimiento de que el proceso de producción de alimentos en el país se basa en la modificación genética, el uso de venenos y el agotamiento de la tierra. Y entonces la contaminación se respira, se absorbe desde la piel, desde el alimento mismo, desde la sangre, desde la placenta, desde el algodón. Pero institucionalmente se la niega.
En El agrónomo la resistencia llega desde la enfermedad pero no sólo: la reacción aparece desde los jóvenes. Desde la expresión espontánea del rapeo que amenaza con poner el cuerpo ante los que sigan envenenando al pueblo. Y es ahí donde el dueño del pueblo, que es también dueño del equipo de pato (deporte nacional, insiste, que es sólo nacional para el pequeño grupo de propietarios de la nacionalidad porque el resto patea la pelota en un potrero) reacciona por su parte.
Y es cuando las cosas pueden empezar a cambiar. Despacito. Desde el mosaico pequeño que es cada pueblo. Como viene sucediendo desde hace años. Aunque haya costado el reguero de muertes niñas que el veneno ha venido dejando en toda esta historia vil en la que vienen ganando los propietarios. Pero a pesar de que tienen escriturada la palabra y la versión de la Historia, fue posible El agrónomo. Que levantó polvo antes aun de estrenarse en el Bafici, solamente con el tráiler. Cuando salieron todos los voceros mediáticos del agronegocio y el ejército tuitero a marcarle la cancha a Martín Turnes. Lo hicieron en el estreno en Santa Fe la semana que pasó y lo harán la semana próxima cuando se presente en el cine Gaumont en Caba. Porque el agronegocio es uno de los poderes reales de la Argentina. El que permanece. Por sobre los poderes políticos que, inexorablemente, pasarán.
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