En Lion d´Or, una antigua confitería montevideana, el periodista y escritor Víctor L. Bacchetta se sienta una tarde de lunes en la mesa número uno y descarga su arsenal investigativo. Víctor tiene 81 años, pero su actitud es la de un activista de 18. De su mochila extrae tres libros: La entrega, el proyecto Uruguay-UPM (2019), El fraude de la celulosa (2008) y El pacto colonial (2021). En el primero oficia como compilador y de los dos siguientes es el autor.
unque los títulos de los libros tienen voz propia, Víctor tiene una sola cosa, clara y concisa, para subrayar: "Uruguay no gana nada con UPM y, por el contrario, sí regala muchas cosas: al margen del espantoso problema medioambiental que implica una empresa de este calibre en cualquier lugar del mundo, acá lo que está en juego es la soberanía. Estamos hablando de neocolonialismo, y uno lo dice y lo recalca, y nadie lo toma en serio, creen que uno está en contra del progreso nacional o, en el peor de los casos, que uno está loco".
—A la gente parece no importarle que le quiten el agua, que la contaminen y que invadan las tierras y el paisaje pampeano con especies no nativas como el eucalipto. El único misterio que guardan todos estos bosques que nos rodean es el de la infertilidad. Esos monocultivos de eucalipto y los químicos que usan para que crezcan más rápido estropean la tierra. Para cuando se vayan en cincuenta años, que es el tiempo que el Gobierno les firmó, esta tierra no va a servir para nada, cuando su principal característica era su riqueza. La gente solo reacciona cuando se ve directamente afectada. En 2015, el agua del arroyo se puso rojiza y desprendía un olor ácido. Nosotros lo advertimos, pero nadie atendió. Decían que estaba envidiosa porque no me daban trabajo en el vivero. Semanas después hubo una terrible mortandad de peces. Y hay más. Hace diez años era común ver garzas, liebres y hasta nutrias, hoy no sabemos dónde están, o si por lo menos están, dice Mariana Barrán, trabajadora social y activista ambiental de 47 años que vive en Guichón, un pueblo de cinco mil habitantes ubicado a 86 kilómetros al oeste de Paysandú, la cuarta ciudad de Uruguay.
En Uruguay UPM planta árboles, una acción que la multinacional defiende a capa y espada bajo un apócrifo compromiso con el medio ambiente, aun cuando usa agroquímicos prohibidos en Europa. "Allá no pueden sembrar y cortar, entonces se vinieron para acá, que no tienen límites de acción", puntualiza Marcelo, de 49 años, pareja de Mariana. Hoy, Uruguay tiene 1,3 millones de hectáreas plantadas con eucalipto. Casi el 8% del territorio nacional.
Mariana trae entre sus manos una bolsa de tela blanca con el logo de UPM. Adentro un lapicero verde retráctil con la inscripción UPM Biofore - Beyond fossils y una carpeta blanca con un folleto y una revista. El primero lleva como título "¿Cómo hacemos celulosa?", que contiene el abc de la producción industrial. La revista se llama El sorprendente mundo de la forestación. Descubrílo junto a Cami y Facu, es ilustrada, tiene 33 páginas y está dividida en cinco capítulos. El kit viene con una pequeña muestra de celulosa y es entregada a niños y adolescentes uruguayos acompañada de una leche achocolatada y un alfajor. "Puro verso, perfecto para convencer y maquillar la realidad", termina Mariana.
"Lisää ääntä”. Más alto. Ese fue el lema de la gran marcha medioambiental del 2 de junio en el centro de la capital finlandesa y que finalizó en la Plaza Kansalaistori. — Bernat Marrè
UPM usa el eslogan "Producimos el futuro". A 15 kilómetros al oeste de Paso de los Toros está Rincón del Bonete, una ínfima población emplazada a orillas de una enorme represa. La zona llamó la atención a finales de 2023 por un arroyo afluente del río Negro, cuya vida, según un representante del Ministerio de Ambiente, "se extinguió" gracias al derrame de un millón de litros de soda cáustica que UPM fraguó intencionalmente por medio de una cañería clandestina.
El suceso tuvo lugar el 16 de agosto de 2023, pero solo fue notificado a la opinión pública cuarenta días después. Una fuente local que prefiere ocultar su nombre asegura que "pasó más de un mes y nadie pudo decir nada hasta que UPM básicamente autorizó la salida de la noticia. Lo que hizo la empresa fue aplastar con su poder al Estado y, mientras tanto, limpiar el campo. También impidió el acceso al territorio afectado a evaluadores externos y activistas. Después pagó una multa irrisoria de 182.000 dólares, ni una cosquilla para una empresa que factura cientos de millones de dólares al año. Uno se pregunta: ¿De quién es este país?".
—Increíble, pero cierto. Desilusión porque mucha gente se alistó para la supuesta reactivación económica y quebró; desocupación porque nunca cumplieron con la promesa de trabajo; prostitución por la proliferación de trabajadores extranjeros varones; narcotráfico porque las jornadas laborales eran largas al igual que las noches en la ciudad; contaminación por obvias razones. Resumámoslo en tristeza. Todo esto fue en su momento, cuando el quilombo con los argentinos, que bien desconfiaban de la multinacional y que no solo hicieron protestas, sino que llevaron el asunto hasta la Corte Internacional de La Haya, que después falló a favor del funcionamiento de la planta. Hoy es una fábrica que está y no está. Nadie le da mucha bola. Pasa que hicieron tanta publicidad que la gente o se hartó o se creyó el cuento o simplemente se olvidó. Recuerdo un comercial de esa época. Un periodista uruguayo va a Finlandia y bebe un vaso de agua que saca de un lago que está frente a una papelera para demostrar que lo de la contaminación era mentira. Hicieron cualquier cosa para convencer, pero bueno, ya sabemos que los que más contaminan son los que tienen el discurso ambientalista más fuerte, dice Robert Urgoite, psicólogo social de 39 años, habitante de Fray Bentos, oeste uruguayo.
María Forte, de 64 años, argumenta lo que ella considera que es el trasfondo de todo: "La planta de UPM es una sucursal de Finlandia en Fray Bentos". María lleva su cabello pintado de rubio y mientras habla, intercambia sus blanquecinas manos entre su mate y dos agujas de croché. La casa de María es esquinera y, aunque no queda cerca al río, sabe recibir todo el viento que proviene de la cuenca. "Ese polvito blanco sobre el auto no es tierra, es amoniaco que se desprende de la chimenea de UPM. ¿Han sentido el olor a huevo podrido? No hay que esforzarse mucho para saber de dónde proviene todo eso", certifica.
María lidera un grupo de ciudadanos de Fray Bentos que permanecen atentos a todo lo que concierne a UPM. "El río era una fuente de alimento importantísima y ahora una no puede comerse nada de ahí. Desde 2018 hay un decreto que no permite sacar peces para estudiarlos. ¿A dónde van a arrojar todos sus desechos si no es al río? Eligieron Uruguay porque nadie los controla, y tampoco es que aquí haya mucha tecnología disponible y de fácil acceso para medir cosas como la contaminación que generan los agrotóxicos en la sangre de las personas. Entregaron el país y el Estado es cómplice. Riqueza ambiental, debilidad institucional y zonas francas a lo largo y ancho del país fue lo que los trajo. Debería declararse un delito ambiental", continúa María, mientras en una pequeña punta de la costa del río Uruguay, diagonal a la planta de UPM, señala formaciones de algas verdes brillantes, según ella, contaminación ya mutada con el río.
El vacío es profundo y despiadado. Las pocas personas que transitan la noche fraybentina se caen hacia adelante en lugar de caminar. Hay garúa. Del río Uruguay no llega ningún sonido; pacífico y silente sigue su curso. Los pastizales a su alrededor, inundados por las últimas lluvias, se agitan marchitos con el viento mojado. Ver la luna brillar sobre los camiones atiborrados de troncos recién cortados que entran a la planta deja la sensación de naufragio. "Al río lo están matando, pero sus consecuencias solo se verán por ahí en 30 o 40 años, cuando ya no se pueda hacer mucho. Hay que resistir y generar diálogos para contrarrestar esta violación a nuestras propias leyes que dan a las empresas lo que ellas piden y ordenan también. En otras palabras, la colonización del país", dice María.
Planta de UPM en Fray Bentos, Río Negro, a orillas del río Uruguay. — Dahian Cifuentes
"La dependencia económica de Finlandia en la industria maderera, impulsada por subsidios estatales y altos ingresos fiscales, provoca que sea difícil convencer a la gente de que el sistema que nos está aportando tanto bienestar se está construyendo a expensas de la tierra, el trabajo y el medio ambiente en Uruguay". Janette Kotivirta realiza un doctorado en la Universidad de Helsinki sobre los impactos de la industria forestal finlandesa en Uruguay, razón por la que ha viajado al país para establecer vínculos con las organizaciones y comunidades locales.
"Hay una relación creciente entre los movimientos sociales aquí y en Uruguay. La reducción en la producción debe ocurrir de manera simultánea y en colaboración entre el movimiento social aquí y el de otros lugares, porque sabemos que hay una tendencia de las empresas del Norte Global a externalizar y mudarse al Sur Global", denuncia Kotivirta, también activista del movimiento Deuda por el Clima. "Al estar conectados, estamos tratando de avanzar hacia formas reales de justicia ambiental para asegurarnos de que la transición verde en el Norte Global no se convierta en un proyecto colonizador en el Sur Global".
*Este reportaje es una adaptación de la investigación completa El mundo es de papel y con papel se compra: bosques finlandeses en la pampa uruguaya. Con la colaboración en Finlandia de la periodista Lotta Närhi.
*Con el apoyo de Journalismfund Europe.
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